Profundidad
Léxico y contexto
ACTO II · ESCENA 4

2.4 La imagen verdadera

Casa de Otavio, interior

endecasílabos sueltos con pareadosvv. 1485–1540transición, intimidadredondillasabbavv. 1541–1580transición, intimidad

Un detalle merece notarse antes de entrar: Finea, que en el Acto I no podía leer la letra A, llega aquí con un papel en la mano. Sabe que es una carta de Laurencio y que contiene palabras que ella no puede descifrar — y su solución es perfectamente lógica. Se la da a su padre para que la lea. La ingenuidad de la escena importa menos que la operación dramática: la incapacidad lectora de Finea se convierte en el detonador exacto del conflicto familiar que el primer acto venía aplazando. En manos de cualquier otro personaje de la comedia, esa carta sería un secreto custodiado o una mentira preparada. En manos de Finea, es un papel que necesita ser leído.

La escena funciona en dos tiempos bien diferenciados, y el cambio de metro marca el corte con precisión. Mientras Otavio está presente — con Finea, luego con Turín — los versos son endecasílabos sueltos con pareados: métrica de la acción, del desconcierto, de la revelación incómoda. En el momento en que Otavio sale corriendo hacia los Recoletos, el ritmo cambia. Entran las redondillas, y con ellas otro tipo de temperatura dramática. El escenario queda a solas con Finea y Clara, y lo que viene es el primer gran monólogo de amor de Finea: un discurso sobre el espejo, la imagen y la forma verdadera que ningún espectador del Corral del Príncipe habría esperado de esta personaje.

Esa segunda parte se ilumina si se lee con la escena del abecedario (1.4) en la memoria. Allí, Finea rechazaba el signo lingüístico porque no conseguía aceptar que una marca representara algo que ella no veía directamente. Aquí describe, con vocabulario de filósofo que no ha leído filosofía, cómo la imagen de Laurencio — construida, interior, invisible — se ha vuelto más real que cualquier cosa que ella pueda tocar. El empirismo radical que la hacía incapaz de aprender letras se ha transformado, bajo el efecto del amor, en una epistemología del deseo. Lo que Ficino formuló en el De amore como teoría del spiritus, Finea lo formula como observación directa del espejo.

La pregunta que la escena deja abierta es cuándo ocurrió esa transformación exactamente, y si fue el amor quien la produjo o si el amor simplemente descubrió algo que ya estaba ahí.

OTAVIO.(Yo pienso que me canso en enseñarla, porque es querer labrar con vidro un pórfido; ni el danzar ni el leer aprender puede, aunque está menos ruda que solía.) FINEA.¡Oh, padre mentecato y generoso! ¡Bien seas venido! OTAVIO.¿Cómo mentecato? FINEA.Aquí el maestro de danzar me dijo que era yo mentecata, y enojeme; mas él me respondió que este vocablo significaba una mujer que riñe y luego vuelve con amor notable; y como vienes tú riñendo agora, y has de mostrarme amor en breve rato, quise también llamarte mentecato. OTAVIO.Pues, hija, no creáis a todas gentes, ni digáis ese nombre, que no es justo. FINEA.No lo haré más. Mas diga, señor padre ¿sabe leer? OTAVIO.Pues ¿eso me preguntas? FINEA.Tome, ¡por vida suya!, y éste lea. OTAVIO.¿Este papel? FINEA.Sí, padre. OTAVIO.Oye, Finea. FINEA.¿No hay más? OTAVIO.No hay más; que está muy justamente quemado lo demás. ¿Quién te le ha dado? FINEA.Laurencio, aquel discreto caballero de la academia de mi hermana Nise, que dice que me quiere con estremo. OTAVIO.(De su ignorancia, mi desdicha temo. Esto trujo a mi casa el ser discreta Nise, el galán, el músico, el poeta, el lindo, el que se precia de oloroso, el afeitado, el loco y el ocioso.) ¿Hate pasado más con éste, acaso? FINEA.Ayer, en la escalera, al primer paso, me dio un abrazo. OTAVIO.(¡En buenos pasos anda mi pobre honor, por una y otra banda! La discreta, con necios en concetos, y la boba, en amores con discretos. A ésta no hay que llevarla por castigo, y más que lo podrá entender su esposo.) Hija, sabed que estoy muy enojado. No os dejéis abrazar. ¿Entendéis, hija?^ FINEA.Sí, señor padre; y cierto que me pesa, aunque me pareció muy bien entonces. OTAVIO.Sólo vuestro marido ha de ser digno desos abrazos. TURÍN.En tu busca vengo. OTAVIO.¿De qué es la prisa tanta? TURÍN.De que al campo van a matarse mi señor Liseo y Laurencio, ese hidalgo marquesote que desvanece a Nise con sonetos. OTAVIO.(¿Qué importa que los padres sean discretos, si les falta a los hijos la obediencia? Liseo habrá entendido la imprudencia deste Laurencio, atrevidillo y loco, y que sirve a su esposa.) ¡Caso estraño! ¿Por dónde fueron? TURÍN.Van, si no me engaño, hacia los Recoletos Agustinos. OTAVIO.Pues ven tras mí. ¡Qué estraños desatinos! CLARA.Parece que se ha enojado tu padre. FINEA.¿Qué puedo hacer? CLARA.¿Por qué le diste a leer el papel? FINEA.Ya me ha pesado. CLARA.Ya no puedes proseguir la voluntad de Laurencio. FINEA.Clara, no la diferencio con el dejar de vivir. Yo no entiendo cómo ha sido, desde que el hombre me habló; porque, si es que siento yo, él me ha llevado el sentido. Si duermo, sueño con él; si como, le estoy pensando, y si bebo, estoy mirando en agua la imagen dél. ¿No has visto de qué manera muestra el espejo, a quien mira, su rostro, que una mentira le hace forma verdadera? Pues lo mismo en vidro miro que el cristal me representa. CLARA.A tus palabras atenta, de tus mudanzas me admiro. Parece que te transformas en otra. FINEA.En otro dirás. CLARA.Es maestro con quien más para aprender te conformas. FINEA.Con todo eso, seré obediente al padre mío; fuera de que es desvarío quebrar la palabra y fe. CLARA.Yo haré lo mismo. FINEA.No impidas el camino que llevabas. CLARA.¿No ves que amé porque amabas, y olvidaré porque olvidas? FINEA.Harto me pesa de amalle; pero a ver mi daño vengo, aunque sospecho que tengo de olvidarme de olvidalle.