Llega el centro de la pieza. Después de dos meses internos —de los que el espectador no ha visto nada, porque los actos están separados precisamente por esa elipsis de tiempo dramático—, Finea aparece sola en escena, abre el tercer acto, y dice cuarenta versos en décimas que son, juntos, uno de los textos más sorprendentes del teatro áureo. La pieza ha pasado de farsa a comedia, y ahora pasa a otra cosa. Las décimas son el metro que el Arte nuevo asocia a la queja; aquí sirven a una celebración. La inversión es deliberada y no anecdótica: Finea no lamenta nada, contempla. Y lo que contempla es a sí misma. Cabe detenerse en cada décima, porque cada una articula un momento distinto del despertar.
o accidente o elección!Estraños efetos sonlos que de tu ciencia nacen,pues las tinieblas deshacen,pues hacen hablar los mudos;2035pues los ingenios más rudossabios y discretos hacen.No ha dos meses que vivíaa las bestias tan igual,que aun el alma racional2040parece que no tenía.Con el animal sentíay crecía con la planta;la razón divina y santaestaba eclipsada en mí,2045hasta que en tus rayos vi,a cuyo sol se levanta.Tú desataste y rompistela escuridad de mi ingenio;tú fuiste el divino genio2050que me enseñaste y me distela luz con que me pusisteel nuevo ser en que estoy.Mil gracias, Amor, te doy,pues me enseñaste tan bien,2055que dicen cuantos me venque tan diferente soy.A pura imaginaciónde la fuerza de un deseo,en los palacios me veo2060de la divina razón.¡Tanto la contemplaciónde un bien pudo levantarme!Ya puedes del grado honrarme,dándome a Laurencio, Amor,2065con quien pudiste mejor,enamorada, enseñarme.2070CLARA.En grande conversaciónestán de tu entendimiento.FINEA.Huélgome que esté contento2072
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