Profundidad
Léxico y contexto
ACTO III · ESCENA 4

3.4 Otra mujer

Sala de la casa de Octavio

redondillasabbavv. 2320–2426

Hay un momento en el que la mecánica de la comedia revela su arquitectura sin disimulo: cuando el chiste que hizo posible el enredo empieza a trabajar en contra de quien más necesita que continúe. Llevamos dos actos viendo cómo Finea gana discreción gracias a Laurencio y cómo esa ganancia es el motor de toda la trama. El motor trabaja ahora en su contra.

Liseo, rechazado por Nise, mira a la nueva Finea —discreta, rica, libre de compromisos— y decide que ya no tiene razón para evitarla. El argumento que Turín ofrece para justificar el giro es el más agudo de la comedia: la promesa que Liseo hizo de no casarse con Finea fue hecha a propósito de otra persona, porque Finea era entonces otra. Del no saber al saber media un abismo que convierte a la misma mujer en «otra mujer». El argumento lo enuncia el gracioso, que no sabe que está haciendo filosofía; lo que produce el efecto cómico es que quien más debería rebatirlo —Laurencio— tampoco sabe cómo.

La escena está construida en cuatro segmentos sucesivos con personajes que se relevan sin cruzarse del todo: Miseno y Otavio arreglan el casamiento de Düardo con Finea; Liseo y Turín deciden perseguir a Finea; Laurencio se entera de las intenciones de Liseo; Finea irrumpe, en el peor momento posible para Laurencio, con un discurso de amor elaborado que habla de espejos y de luces. La información fluye en espiral: el público lo sabe todo; cada personaje sabe algo distinto.

Vale prestar atención a ese discurso final de Finea (vv. 2415-2426). Antes, cuando era boba, sus expresiones de afecto se quedaban en el registro concreto, directo, casi infantil. Aquí habla en el del amor neoplatónico, con el vocabulario de la imagen especular y el alma que lleva al amado dentro. Es la primera vez en la comedia que Finea demuestra haber aprendido también la lengua del amor culto, y lo hace en el momento en que Laurencio empieza a temer que la pierde.

que os satisfizo el agravio. OTAVIO.Hagamos este concierto de Düardo con Finea. Hijas, yo tengo que hablaros. FINEA.Yo nací para agradaros. OTAVIO.¿Quién hay que mi dicha crea? LISEO.Oye, Turín. TURÍN.¿Qué me quieres? LISEO.Quiérote comunicar un nuevo gusto. TURÍN.Si es dar sobre tu amor pareceres, busca un letrado de amor. LISEO.Yo he mudado parecer. TURÍN.A ser dejar de querer a Nise, fuera el mejor. LISEO.El mismo; porque Finea me ha de vengar de su agravio. TURÍN.No te tengo por tan sabio que tal discreción te crea. LISEO.De nuevo quiero tratar mi casamiento. Allá voy. TURÍN.De tu parecer estoy. LISEO.Hoy me tengo de vengar. TURÍN.Nunca ha de ser el casarse por vengarse de un desdén; que nunca se casó bien quien se casó por vengarse. Porque es gallarda Finea y porque el seso cobró —pues de Nise no sé yo que tan entendida sea—, será bien casarte luego. LISEO.Miseno ha venido aquí. Algo tratan contra mí. TURÍN.Que lo mires bien te ruego. LISEO.¡No hay más! ¡A pedirla voy! TURÍN.El cielo tus pasos guíe y del error te desvíe, en que yo por Celia estoy. ¡Que enamore Amor un hombre como yo! ¡Amor desatina! ¡Que una ninfa de cocina, para blasón de su nombre, ponga «Aquí murió Turín entre sartenes y cazos!» LAURENCIO.Todo es poner embarazos para que no llegue al fin. PEDRO.¡Habla bajo, que hay escuchas! LAURENCIO.¡Oh, Turín! TURÍN.¡Señor Laurencio! LAURENCIO.¿Tanta quietud y silencio? TURÍN.Hay obligaciones muchas para callar un discreto, y yo muy discreto soy. LAURENCIO.¿Qué hay de Liseo? TURÍN.A eso voy. Fuese a casar. PEDRO.¡Buen secreto! TURÍN.Está tan enamorado de la señora Finea, si no es que venganza sea de Nise, que me ha jurado que luego se ha de casar, y es ido a pedirla a Otavio. LAURENCIO.¿Podré yo llamarme a agravio? TURÍN.¿Pues él os puede agraviar? LAURENCIO.¿Las palabras suelen darse para no cumplirlas? TURÍN.No. LAURENCIO.De no casarse la dio. TURÍN.Él no la quiebra en casarse. LAURENCIO.¿Cómo? TURÍN.Porque él no se casa con la que solía ser, sino con otra mujer. LAURENCIO.¿Cómo es otra? TURÍN.Porque pasa del no saber al saber, y con saber le obligó. ¿Mandáis otra cosa? LAURENCIO.No. TURÍN.Pues adiós. LAURENCIO.¿Qué puedo hacer? ¡Ay, Pedro! Lo que temí y tenía sospechado del ingenio que ha mostrado Finea, se cumple aquí. Como la ha visto Liseo tan discreta, la afición ha puesto en la discreción. PEDRO.Y en el oro, algún deseo. Cansole la bobería; la discreción le animó. FINEA.Clara, Laurencio, me dio nuevas de tanta alegría. Luego a mi padre dejé, y aunque ella me lo callara, yo tengo quien me avisara, que es el alma que te ve por mil vidros y cristales, por dondequiera que vas, porque en mis ojos estás con memorias inmortales. Todo este grande lugar tiene colgado de espejos mi amor, juntos y parejos para poderte mirar. Si vuelvo el rostro, allí veo tu imagen; si a estotra parte, también; y ansí viene a darte nombre de sol mi deseo; que en cuantos espejos mira y fuentes de pura plata, su bello rostro retrata y su luz divina espira. LAURENCIO.¡Ay, Finea! A Dios pluguiera que nunca tu entendimiento llegara, como ha llegado, a la mudanza que veo.